A LOS ESTUDIANTES DEL VOLTA
«La peste que el tribunal de sanidad había temido que pudiera entrar con las bandas alemanas en la zona de Milán, había entrado realmente, como es sabido; y también es sabido que no se detuvo aquí, sino que invadió y despobló una buena parte de Italia…»
Las palabras que acabamos de citar son las que abren el capítulo 31 de Los novios, capítulo que, junto con el siguiente, está enteramente dedicado a la epidemia de peste que azotó Milán en 1630. Se trata de un texto esclarecedor y de extraordinaria modernidad que os recomiendo leer con atención, especialmente en estos días tan confusos. En esas páginas ya está todo, la certeza de la peligrosidad de los extranjeros, el violento enfrentamiento entre las autoridades, la búsqueda frenética del llamado paciente cero, el desprecio por los expertos, la caza de los contagiadores, los rumores incontrolados, los remedios más absurdos, el saqueo de los bienes de primera necesidad, la emergencia sanitaria… En esas páginas os encontraréis, entre otras cosas, con nombres que seguramente conocéis al frecuentar las calles alrededor de nuestro Liceo que, no lo olvidemos, se encuentra en el centro de lo que era el lazareto de Milán: Ludovico Settala, Alessandro Tadino, Felice Casati, por citar algunos. En resumen, esas palabras parecen más bien sacadas de las páginas de un periódico de hoy que de la novela de Manzoni.
Queridos chicos, nada nuevo bajo el sol, me gustaría decir, pero el cierre de la escuela me obliga a hablar. La nuestra es una de esas instituciones que, con sus ritmos y sus ritos, marca el paso del tiempo y el ordenado desarrollo de la vida civil. No es casualidad que el cierre forzoso de los colegios sea algo a lo que las autoridades recurren en casos raros y verdaderamente excepcionales. No me corresponde a mí valorar la conveniencia de la medida, no soy un experto ni pretendo serlo, respeto y confío en las autoridades y sigo escrupulosamente sus indicaciones, pero lo que quiero deciros es que mantengáis la cabeza fría, que no os dejéis arrastrar por el delirio colectivo, que continuéis —con las debidas precauciones— llevando una vida normal. Aprovechad estos días para dar paseos, para leer un buen libro, no hay ninguna razón —si estáis bien— para permanecer encerrados en casa. No hay ninguna razón para asaltar los supermercados y las farmacias; dejad las mascarillas para los enfermos, solo les sirven a ellos. La velocidad con la que una enfermedad puede desplazarse de un extremo al otro del mundo es fruto de nuestro tiempo, no hay muros que puedan detenerla, hace siglos se desplazaban igualmente, solo que un poco más despacio. Uno de los mayores riesgos en acontecimientos de este tipo, como nos enseñan Manzoni y quizás aún más Boccaccio, es el envenenamiento de la vida social, de las relaciones humanas, la barbarización de la vida civil. El instinto atávico cuando nos sentimos amenazados por un enemigo invisible es verlo en todas partes; el peligro es considerar a cada uno de nuestros semejantes como una amenaza, como un potencial agresor. En comparación con las epidemias de los siglos XIV y XVII, nosotros tenemos de nuestro lado la medicina moderna, que no es poca cosa, creedme, sus avances, sus certezas, y utilizamos el pensamiento racional del que es hija para preservar el bien más preciado que poseemos, nuestro tejido social, nuestra humanidad. Si no lo conseguimos, la peste habrá ganado de verdad.
Os espero pronto en la escuela.
Domenico Squillace